Él tenía la mano sobre la mesa de Madera. No había caído en cuenta que llevaba un rato escuchando la conversación sin prestar realmente atención. Me habían atrapado mis pensamientos. Una familia que me pedía permiso para pasar con una carriola me hizo regresar. En la mesa la conversación seguía igual que hace unos minutos. Escuche que todavía seguíamos hablando de asuntos políticos del país, arreglando el mundo en una tarde de café. Generalmente, hubiera tomado parte activa de la conversación, pero en esta ocasión mis pensamientos estaban gritando demasiado fuerte para ignorarlos. Sin embargo, me di cuenta que me había perdido con la vista fija en su mano. Así que me quede examinándola. Tenía los dedos largos y flacos.
Me obsesiono fácilmente y con detalles casi insignificantes. Los olores, por ejemplo, recuerdo a la gente por olores y de vez en vez encuentro por la calle olores similares que acarrean recuerdos consigo. Si alguna vez no consigo unir olor e imagen me invade una gran desesperación que me impide concentrarme en cualquier otra cosa hasta encontrar la parte faltante. Es mucho peor cuando me viene una idea para escribir algo. No importa donde este o que esté haciendo, debo conseguir cualquier cosa donde anotar la idea y tomar el tiempo que ella necesite para explicarse completa. Es penoso, a veces debo interrumpir conversaciones, salir de la sala de cine, meterme en platicas ajenas, estacionarme en cualquier esquina. La idea parece tener vida, ser independiente a mi voluntad, no se conforma con ser escrita pide su desarrollo integro, aunque después sufra modificaciones. Una de mis obsesiones favoritas es ver a gente y determinar cómo debería llamarse. Rara vez, por no decir nunca, se llaman como deberían. Así que les guardo un nombre secreto para mí. De vez en cuando, sin saberlo alguno me presta parte de su esencia para su nuevo nombre que aparecerá entre mis textos. Al fin, no los leerá nadie, así que no hago ningún daño. Pero desencadena muchas ideas.
De pequeña tenía una pesadilla recurrente. Estaba en una casa vieja y grande. La sala tenía una doble altura desde la que se veía el pasillo para entrar a los cuartos que desembocaba en la enorme escalera de caracol. Yo acababa de bajar las escaleras y un hombre con una túnica negra me observaba desde el pasillo de arriba. Imaginaba que era el fantasma de lo Ópera. Supongo que antes alguien me habrá contado algo de la novela y me quedó muy gravada la imagen. Sin embargo, me asustaba y corría por los pasillos de la casa. Siempre intentando gritar “mamá, ayúdame” pero no podía gritar. Me esforzaba mucho por sacar algún sonido pero era imposible. Finalmente llegaba a la máquina de coser de mami. Es un mueblecito de madera que siempre ha estado en casa, dentro se guarda la máquina, los pedales y muchos hilos y telas. Sobre la máquina había una mano dentro de un guante de piel negro. Ahí empezaba el susto y terminaba. Tomaba el guante, no sé porque, pero al tocarlo aparecía una bruja. Entonces mi desesperación por gritar incrementaba pero los sonidos seguían sin salir. Nunca supe que pasaba después, despertaba en esa parte, o tal vez la olvidaba.
Debido a mi sueño obscuro las máquina de mamá de daba miedo y ni hablar de las manos o los guantes negros. Con los años olvide la pesadilla pero la mano se quedó como una imagen constante en mi memoria. Hace poco alguien dejo unos guantes sobre la máquina y el mismo recuerdo me invadió todo el cuerpo. Pero ahora ya no me dan miedo, solo forman parte de mis numerosas obsesiones. Creo que las manos dicen mucho de la gente. No las leo ni nada por el estilo, soy bastante escéptica para ese tipo de cosas. Sencillamente, cierto tipo de manos me dan seguridad y otras hacen que la persona me genere dudas y desconfianza. Creo que alguna relación debe tener con la mano de la máquina de coser.
Así que caí en cuenta de que no había analizado su mano. De hecho, la de ninguno en la mesa. Éramos seis. Nos habíamos conocido circunstancialmente, pero nos reuníamos con cierta cotidianeidad. Éramos mexicanos viviendo en España. Las fronteras son un asunto político, pero también cultural. A veces pienso que si mañana despertáramos con la novedad que las fronteras desaparecen y el mundo es de todos, después de un tiempo del juguete nuevo, la emoción pasaría y la gran mayoría volvería a lo mismo. La cabra siempre tira al monte. Pocos se harían ciudadanos del mundo. Esta frase me recuerda mucho a papá. Se auto-nombra ciudadano del mundo. Es que no son los límites físicos los que nos detienen, sino los mentales. Pero bueno, no quiero desviar la atención a otros temas. Mi mente es así de abstracta, va y viene y se obsesiona cuando tropieza con algún tema polémico. Les dije antes, soy obsesiva.
El asunto es que al ser compatriotas en el auto-exilio nos unimos. Siendo nuestro único punto de intersección la nacionalidad ya que todos somos muy distintos. Al menos así me pareció al principio. Nos veíamos periódicamente para ir de tapas, celebrar el cumpleaños de alguien, o algún otro acontecimiento importante. Sin embargo, pese a que llevábamos algunos años así, poco nos conocíamos. Carlos es el menor de 3 hermanos. Tiene la sangre ligera. Parece un pan de Dios. Cuídate de los buenos, dice mi mamá. Es economista y trabaja en una transnacional. Joel, o Joy como le decimos nosotros vive preocupado por su apariencia. Es administrador de empresas. Trabaja en Canal 4. Genaro da la impresión de haber crecido totalmente desconectado de la sociedad. Fue un niño que lo tuvo todo. Es informático, y trabaja medio tiempo como programador. Gaby, es una niña inteligente y sin muchos prejuicios. También es economista y trabaja con Carlos. No me gustan mucho estas descripciones, porque para conocer a la gente es más fácil ver extractos de su vida que una biografía detallada, sin embargo como la historia no trata de ellos los describo brevemente con fines prácticos. Como ya hable de los demás nos presentare a él y a mí también aunque tal vez quede sobrando. Él, Francisco, es médico cirujano, estudia cardiología en las tardes y en la mañana hace prácticas remuneradas en un hospital que no me acuerdo como se llama. Le gusta el arte. Finalmente yo, soy arquitecta y trabajo en un despacho de urbanismo. Me muerdo los labios y me desesperan dos tipos de personas: las que se quejan todo el tiempo y de todo y las que parecen inflables, es decir sin materia intelectual que les respalde. Me gusta el arte.
Antes de venir a España tuve un novio en la oficina. Fuimos a cenar por su cumpleaños. Fue ahí cuando vi su mano con detenimiento. Era totalmente cuadrada. Dedos muy pequeños y anchos. Es muy alto, pero mi mano es más grande que la suya. Quise correr, que alguien me fuera a rescatar. Parece tonto, he tenido tantas charlas conmigo misma convenciéndome de que es una tontería, pero me llena de inseguridad. Mi tío también tiene las manos así, pequeñas y gorditas pero es moreno y se ve en su piel el trabajo duro, me inspira ternura y seguridad. No hay reglas, ni sentido, ni ciencia. Yo misma me asusto cuando se presenta el momento del análisis. Hay gente con la que llevo una relación muy cercana y sus manos me inquietan tanto que no me siento segura más con ellos. Les confieso que no es como que vaya fijándome en las manos de las personas recién las conozco. Generalmente lo olvido, pero un buen día la obsesión me acosa y es inevitable. Lo detesto, porque sé que no me hará bien.
A través del tiempo no s habíamos ido volviendo muy unidos. Aprendimos a aceptarnos tal y como eramos. Gaby, Carlos y Francisco se conocieron en España desde hace mucho. Francisco era amigo del hermano de Genaro desde que vivía en México. Gaby, Joy y yo nos habíamos vuelto más cercanos.
La mano de Francisco me genero una adicción visual. Me pareció perfecta. Me sentí tentado a levantarla con mi mano y acariciar mi mejilla. No tenemos esa clase de relación. De hecho le consideraba pedante. Tuve miedo que descubriera mi juego así que busque las manos de los demás. Las manos de Carlos también eran con dedos largos y delgados, pero parecían con un trasfondo. Imagine que podrían ser las manos de un experto jugador de póker. Hay que leer entrelineas para saber la verdad. Las manos de Joy y las de Gaby me parecieron promedio. Blancas, complexión mediana, nada especial. No comunicaban mucho. Finalmente las de Genaro me recordaron a mi ex - novio.
Como era de esperarse notaron que estaba abstracta en mis pensamientos. ¿Te aburrimos?, me pregunto Carlos. Los estoy oyendo, dije como intentando que no pasara a mayores, solo me distraje un segundo concluí. Joy no se conformo con mi respuesta. Para que hayamos hablado mal de la derecha y no hayas opinado tus pensamientos deben ser muy interesantes, me dijo como intentando saber de que trataba. Genaro que nunca pierde ocasión cuando ve que alguien quiere pasar desapercibido insistió, que nos diga, que nos diga, como si fuese porra. Gaby salió a mi rescate, ya déjenla, si no nos quiere decir luego me cuenta a mí en cortito y ya estuvo. Es una tontería, les dije. Vale, dinos, no tiene importancia, insistieron. Les explique mi obsesión por las manos y quisieron saber cuál había sido mi veredicto de cada uno de ellos. No hubiera habido problema, pero no podía decir que a partir de hoy no iba a poder sentirme segura con Genaro y que me había enamorado de Francisco. Así que me salí por la tangente. Mi veredicto es que Carlos y Francisco deberían tocar el piano por que tienen dedos largos. Yo toco el piano, me dijo Francisco.
No habíamos tenido una muy buena relación él y yo. Me parecía que quería llamar la atención. Tenía un tipo francés. Me recordó a cuando Elizabeth conoce a Mr. Darcy en Pride and Prejudice. Así que ahora este súbito enamoramiento era insensato y desmesurado. Antes de irnos le dije discretamente. Tu mano me gustó. Hizo una pequeña mueca con la boca que parecía una sonrisita que decía ya lo sabía. Sin embargo, solo me dio las gracias y se despidió.
¡Qué gran responsabilidad es tener tantas obsesiones! Ahora había que sumarle este enamoramiento ridículo. Me había estado divirtiendo bastante los últimos meses. Salía a bailar conocía gente. No estaba buscando algo estable en este momento. Había una gran historia de amor y desamor que había superado finalmente y necesitaba aire fresco. Tener esta obsesión me impedía conocer gente efímera, me hacía pasar horas en el espejo y cambiarme 6 veces antes de salir. Siempre he sido muy buena en la escuela y mi nuevo proyecto de investigación se llamaba Francisco. Así que había memorizado, sus gustos, itinerario, gestos, señas e historia. Era fastidioso. Parecía su narradora.
Supe que le gustaba el arte cuando vi su mano. Tal vez eso desencadeno todo. No me equivoque, desafortunadamente, o afortunadamente, no lo sé. Ahora que me había interesado en su plática había descubierto que éramos mucho más similares de lo que imaginaba. De hecho nuestras actividades eran bastante semejantes. Va seguido a galerías y museos, le gusta el teatro, el cine de arte, lee mucho más que yo. Empezamos a intercambiar itinerarios. Lo invite a la presentación de la obra de una pintora Brasileña, muy amigan mía y a unos encuentros literarios a los que voy los sábados por la mañana. El me comentó de la muestra de cine internacional los domingos por la tarde y me presentó a varios de sus amigos.
Con los días la obsesión había tomado más fuerza. Deje de salir por las noches con los demás. Mis amigos insistían que algo raro me pasaba. Hasta un día antes de fijarme en la mano de Francisco llevaba un buen rato saliendo de noche, tomando mucho y conociendo chicos de todo tipo. A los que daba mi teléfono y salía al día siguiente y luego nunca más les volvía a contestar el teléfono. Si tenía la mala suerte de encontrarlos por la calle les saludaba indiferente. Conocí un belga al que me hubiera gustado conocer mejor, pero solo estuvo una semana y volvió a Bélgica. No importaba en realidad. Estaba feliz y divirtiéndome. Me juzgaban, pero antes tuve un año difícil, llegue a pensar en el suicidio, pero me aferre a Dios, claro que eso no lo saben.
Ayer fuimos al cine. La película no me gustó. Ya antes la había visto en línea. Pero igualmente fui porque sabía que estaría él. Comíamos dulces en la sala que él había comprado. Gaby y Joy estaban con nosotros. Gaby tomo un dulce sin que el viera. Que fijara es, quiso saber Francisco. Es solo un cubo amarillo, ¿qué más da, lo que sea?, parecía molesta Gaby por la pregunta. Sin embargo, eso hizo que mi atención se centrara en las figuritas que había en la bolsa. Encontré varias frutas, un corazón, y un cubo. Solo compre un cubo, dijo secamente. Hay otro en la bolsa le dije como para solucionar el problema. No se dijo más del tema.
A mitad de la película me pasó un dulcecito mordido. Lo vi con la luz que proyectaba la película. Era la mitad roja del corazón, el se había comido la amarilla. ¿Y esto para que me lo das? Le pregunte. Otra vez descubrí esa sonrisita suya. No me gusto, me dijo. Me quedé pensando pero no probó la parte roja. Después sonreí. Tengo la mitad de su corazón. No dijimos más. Nunca lo hacemos.
Carlos me pregunto por Francisco. No lo sé, le dije, tu vives con él mejor tu deberías saber dónde está. Bueno como tú eres la que está pendiente de él, creí que sabrías, fue su argumento. Como podía Carlos saber que me gustaba Francisco. Solo yo y mi obsesión por las manos podíamos saber eso. Yo, creí que sería él, el que está pendiente de mí, me quise oír serena e indiferente. Sí, bueno es mutuo, dijo Carlos.
Creo que somos poesía que nos contaba Octavio Paz. “Entre lo que veo y digo, entre lo que digo y callo, entre lo que callo y sueño, entre lo que sueño y olvido, la poesía”. Seguimos callados construyendo versos. Me gusta el arte, a él también, me gusta él y y yo a él, yo obsesiva y él obsesionado. Doy gritos que no salen como en aquella pesadilla. Él grita te amo y corre desenfrenado hacía otro lado. Pero ayer me dio la mitad de su corazón.